SALE A LA VENTA EL BAILE DE LOS SECRETOS DE JESUS CAÑADAS


Algo oscuro se ha desatado sobre la ciudad de Mandressla. Una horda de monstruos recorre las calles amparados en un manto de niebla roja. Zeppelines vivos sobrevuelan los tejados, arrastrando cementerios ambulantes bajo su sombra. Un relojero loco ha robado el tiempo y lo ha escondido. Niños ciegos se esconden en la oscuridad bajo sus camas y escuchan las historias que cuentan los muertos. Hombres de ceniza protegen las lágrimas de desamor de la ciudad. Es el fin.

 Gabriel ha reunido de nuevo a su grupo de amigos. Han pasado seis meses desde la última vez que se vieron. Se disponen a reanudar la última partida de un juego que quedó interrumpido bruscamente seis meses atrás. El encuentro tiene lugar la casa de Carla, quien mantuvo una intensa relación sentimental con Gabriel antes de separarse. Una relación en la que aún quedan cosas por decir, culpas por expiar y secretos por revelar.

 La esperanza de Mandressla reside en un puñado de desconocidos provenientes de un lugar siniestro y maldito, un lugar olvidado llamado Tierra. El destino de la ciudad se decidirá en un intrincado juego de misterios y secretos en el que el amor y el horror se ocultan bajo la misma máscara. Sólo quien proteja su secreto podrá curar la enfermedad que devora a Mandressla. Sólo quien sobreviva hasta el final podrá acabar con el baile de los secretos. 

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El Baile de los Secretos es uno de los lanzamientos estrella de la editorial Grupo AJEC dentro de su campaña de primavera de 2011, una novela actual que introduce al lector en un mundo de fantasía oscura en la línea de otros autores como Felix J. Palma o Javier Negrete. La historia fusiona diferentes géneros, desde thriller al realismo mágico, pasando por la novela de aventuras o la novela gótica más tradicional.

A través de la página web oficial de la novela es posible acceder a su dossier completo, así como a una serie de ilustraciones promocionales realizadas por varios artistas hispanohablantes de renombre.

Disponible en librerías a partir del 16.05.2011.

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Jesús, todo el equipo de Area Zinc te felicita por este libro, que esperamos sea el 1ero de una larga trayectoria. Un abrazo, nosotros.

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Proyecto Historias

Are you really the type of person who thinks of tequila and mariachis when he hears Mexico?

Oh, please. What about the sky? What about the lipstick? And the crosses, what about them? Tell me, please, what about time?

Time does not pass the same way in Mexico. Seconds dive. Minutes go out in stampede when they hear a siren. Hours commit incest and days… oh my, days. In Mexico, days gurgle through a wound made by a SIERRA knife whose real name, believe me, you don’t want to know.

In Mexico, flowers bloom from stone crosses. Christs carry two guns and it is forgiveness what’s rare. Bullets are laid in altars as offerings. Between the candles slides a snake that only you would think grows feathers. In Mexico the Virgins of Guanajuato still bite off fingers. In Mexico, rosaries taste like garlic.

I’m telling you, in Mexico lipstick is used to paint silhouettes. To go through wet lips, so warm like fishes without bread put under the sun. To leave messages on the road, messages to that father you never knew, the one who vanished from your sight and your mom’s faster than a police raid. To write one thousand times Buñuel’s name on a dead policeman’s imperturbable face.

Don’t look at me like that. All is true. In Mexico the sky touches you up, licks you with a tongue made of heat. Skins a close, closer, you burned. In Mexico voices blaze, wrath is alive and carries a machete. In Mexico justice can neither read nor write. There they remember that the people is to be feared, papacito. There are no air controllers there.

 

Jesús Cañadas

http://bailesecretos.blogspot.com/

 

 

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Jesus Cañadas – Area Zinc Special Issue Cuatro15

 

We will not lie to you: this is the best job in the world. That is why everybody wants to do it. But you have to be fit for it. Just think that your preys are already there. The difficult part is going after them. You will have to when, where and how to find them.

This is the best job in the world, but it ain’t easy. We will prepare you, we will train you, and when we are done, you will believe that you were never able to do anything else. You will learn to capture crossroads, to fish absences, to catalog silences. We will teach you the secret entomology, the universal classification of sighs. You will nail tears in your wall with pins made of night. You will steal the aches of the tress and spread them in the wind like cards. You will have fun. There is nothing like swinging from the grizzled beard of November. You will crack locks sealed with chained words. You will feel like a hero. You will feel like Borges.

‘tis the best job in the world, but it demands effort. You will look for empty beds, ajar windows, pauses between beats. You will distinguish flowers by their song. You will take note of every doubt, every interlude, every held breath. You will wear the goblin’s skin, the succubus’. God’s. We will explain you how to slip through the back door of disappointment, how long you have to crouch and wait not to scare the ocean away. At the end, you will be able to paint fairy tales with the sepia memory of the grandmother in their aching rocking chairs. And you will do it alone. Your preys are already there. You just have to know when, where and how to find them.

So if you have an approximate idea of how much childhood fits in a red balloon, if you can sleep huddled between a walnut’s roots, if you can run faster than the day when it comes through an open window, then, only then, you can stay.

¿Interested? I knew you would be.
Here’s your butterfly net

Welcome to Cuatro15.

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JESÚS CAÑADAS – 21 GRAMOS

En el momento exacto de la muerte, el cuerpo de un ser humano pierde instantáneamente 21 gramos. Un dato sugerente, sin duda. Algunos han dado en llamar a esos 21 gramos, comillas y mayúsculas, por favor, El Peso Del Alma, cierra comillas. Gracias.
Una afirmación peliaguda, de hecho. Una afirmación que echa a rodar mi cabeza como la de un noble francés a finales del dieciocho. Un dato preciso, indiscutible, que sin embargo me da ganas de discutir. Me hace apagar el televisor, olvidarme de la publicidad y optar por la acción que siempre acarrea problemas: hacer preguntas.

Vamos a ver, ¿cuánto de esos 21 gramos corresponde al primer amor? ¿Se puede extrapolar el peso de la dignidad de un ser humano? ¿Sería posible a acotar el peso de sus decepciones? ¿A derivar su miedo a envejecer? ¿Nos atreveríamos, por favor, a calcular el peso de lo que empujó a Picasso a caer sobre Guernica y explotar? ¿Lo que recorría la nuca de Goya mientras pintaba aquelarres y romerías? ¿El sonido atrapado en el cuadro de un hombre que se limita a gritarnos la angustia de un siglo entero? ¿El olor a polvo de una biblioteca repleta de libros que no dicen nada porque lo dicen todo, contemplada por un argentino que no puede ver?

Y si lo hiciéramos, ¿redondearíamos por exceso o por defecto?

Cuando pienso en esos 21 gramos que tarde o temprano adelgazaremos tú y yo, me viene a la cabeza Marcel Duchamp. Piero Manzoni y su mierda de artista. Una marca de tomate que ya nadie recordaría de no ser por un colgado de pelo blanco y cara de codo arrugado. Un trillón de habitaciones de paredes blancas decoradas con lienzos apenas manchados. Bombillas halógenas iluminando el precio en la esquinita. Bolsos estampados con sueños de italiano renacentista.

Hay científicos que pesan el alma, y hay artistas que enlatan el arte.
Otros, en cambio, se rebelan ante la idea cuadrar el círculo, de trivializar del impulso creativo, de ponerle una etiqueta con número de serie a lo que le se introduce bajo sus párpados cada noche en cuanto se duerme. Son esos los que prefieren el arte exlatado, los hijos de esa fuerza (llámalo Dios, llámalo Phillip K. Dick) que crea supervillanos cada vez que una araña radiactiva muerde a un empollón en algún lugar del mundo.

Cuando pienso en la creatividad de un único ser humano, en que el arte que entra en una lata no es ni una fracción del arte que se puede extraer de esa misma lata vacía, siento un ligero vértigo que tiene mucho de enfadado y poco de postmoderno.
Creo que necesito un refresco.

JESÚS CAÑADAS – INOCENCIA

Se dan codazos unos a otros. Cuchichean y enarcan las cejas en un gesto que han copiado de los mayores, aunque no entienden qué significa. Señalan hacia la puerta. ¿Entiendes? Hacia la mancha roja que apareció sobre ella hace tres días. Aún no saben lo que significa, pero comprenden que algo ha cambiado. Algo se ha perdido. El mundo parece detenerse en un instante de halitosis contenidas cuando la puerta se abre y ella sale. Camina envuelta en una mantilla negra. Las bocas laberínticas de las mujeres sisean trabalenguas envenenados a su espalda. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto. Los dientes de oro de los viejos relucen, reflejan su imagen invertida, los ojos se estrechan. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto, los pies descalzos. Silbidos anónimos dibujan arabescos de rencor escondido en el aire apestoso. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto, los pies descalzos, la cabeza baja. Dedos rematados de venas coriáceas y un sudoroso anillo de oro se aprietan contra un púlpito plagado de carcoma y herrumbre. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto, los pies descalzos, la cabeza baja, las manos sobre el regazo. Tras ventanales entornados, lenguas carnosas relamen labios goteantes, se abren cremalleras que nunca volverán a cerrarse. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto, los pies descalzos, la cabeza baja, las manos sobre el regazo, se dirige a la iglesia. Moscas gordas como dedos de carnicero se agolpan sobre la mancha roja de la puerta. Envuelta en una mantilla negra, al calor asesino de agosto, la cabeza baja, pasos cortos, las manos sobre el regazo, se dirige a la iglesia, murmurando un nombre. Y los niños se dan codazos unos a otros, cuchichean, enarcan las cejas y empiezan a cantar. Cantan y bailan a su alrededor, y sus canciones son anzuelos que desgarran su mantilla negra y trazan en su corazón la misma mancha roja que desde hace tres días evidencia que, detrás de la puerta, algo se ha perdido y no volverá jamás.

JESÚS CAÑADAS – THE DAY AFTER DAY

Today I woke up hating you. The best way of starting the day. I choke on the breakfast of the champions, there are dead pigeons in the muesli and a finger in the milk. The nail has black polish. I promise I will buy another brand. I yawn. Even if I slept all my remaining hours, these wrinkles in the mirror would not go away. Last night is still a puddle in my lungs. I cough blood, coagulated in petals made of something that was once blue. Behind my eyes well up faces reflected in stains of absinth. I don’t know how many they are, failed mathematics. They are blurred by the gray smoke of a cigar that I smoke in my dreams. The golden apples of the sun are exposed in the black market, they are worth less than an organ in certain countries.

I’m in a sulk. Snow white has a bad day.

The morning unfolds before me a paradise of red legs. The windows in the office mist up. I recognize in the breath those words that I don’t dare to say, those that end up buried between lines, waiting for another voice to rescue them and give them to other ears that maybe, just maybe, never deserved them. I forgot how to count the hours. Simple operations. I discover a pair of blue shoes bogged down at the shore of a sea called routine. My feet get wet, but I manage to throw them away. They sink. I know that the tide will bring them back to me.
I sigh.

The road tastes like divorce. The wheel, like coffin. The housing states pull up their skirts. Below them there are panties from the brand Gulag. Someone has padded the walls with clocks. The loneliness stares at me from a picture where Jesus Christ dies. The day finishes. The television calls me whore, whore, whore. I blush. I check the time, but I don’t recognize the hour. The minimalism of forms takes revenge of my body. I try to estimate how much is left until I wake up again hating you. Wrong results. I lean forward and backward, humming music composed for astronauts. I want out, but I don’t know out of where. Behind a door that hasn’t been built yet, a man’s voice whispers: this is the first night of the rest of your life.

The day-after-day is more complicated than it seems.

SALABOLI – SOLO EXHIBITION POR JESÚS CAÑADAS

Imagina que vuelves un día a casa del trabajo. Estás cansado. Hace horas que ha anochecido, sólo te apetece dejar que el agua de la ducha se lleve toda la tensión del día, que tus pensamientos se sumerjan en un nimbo blanco hecho de la más absoluta nada. Giras la llave en la cerradura. No hay luz en el apartamento. Tu pareja no está, otra vez cena con la familia. Te preguntas a qué hora volverá mientras recorres el pasillo a oscuras. Dejas la chaqueta sobre la cama como si pesara cien kilos. Palpas la pared buscando la luz del dormitorio. Donde debería estar el interruptor hay una mano, que agarra la tuya con fuerza.

Eso es ver una fotografía de SalaBoli.

Las imágenes de SalaBoli gritan. Aporrean. Se rebelan entre aullidos contra su condición de prisioneras. Arremeten contra los bordes del marco donde él las ha confinado. Babean y arañan los barrotes invisibles de esas dos dimensiones. Se asfixian. Están furiosas por haberse dejado atrapar pero, sobre todo, lo están por tu culpa. Tu escrutinio las enloquece. Tú las contemplas, entre sorprendido y admirado. Sonríes, levantas las cejas, pronuncias palabras pedantes como hiperrealismo, tratamiento de las texturas, aberración cromática. Luego pasas a la siguiente fotografía mientras devoras patatas fritas. Ellas sueñan con despellejarte.

No te engañes. Si al mirarlas te sientes un poco incómodo sin razón alguna, es porque te han visto. Así que ten cuidado. Un día volverás a casa del trabajo. Será de noche, y creerás que tu pareja no está en casa. Pasarás sin darte cuenta por encima del charco de su sangre. Entrarás en el dormitorio a oscuras. Dejarás la chaqueta encima de la cama y tantearás buscando el interruptor de la luz. En algún lugar de tu escritorio, entre latas de cerveza estrujadas y envoltorios de patatas fritas, habrá un puñado de fotografías en blanco rotas en dos. Entonces lo sabrás.

Las imágenes de SalaBoli han escapado.

Y, ¿sabes qué?

Vienen a por ti.