Hugo Brilanti – La silla de madera – Edición Soledad

Desorbitada mi pupila izquierda calló ante la noche, estruendoso era el arrastrar del gusano espinoso que furtivamente entró por mi ventana, la yerba del patio me brinda de vez en cuando inquilinos extraños. Esta oscura parte final del día condujo mis pensamientos a una sola cosa: la pequeña silla de madera. De donde salió, no lo puedo decir, aunque sé que ahí ha estado todo el tiempo, gritando con el crujir del frio en las madrugadas, aunque en mi, yo creo que no es el frío quien la hace hablar, aunque mis vecinos me dicen lo contrario, ella platica conmigo en las penumbras de la madrugada lanzando un chillido suave, ligero pero muy doloroso, cual fuese un anciano que tose ante un problema de respiración, clamando por el viento que sus fosas nasales no pueden pasar.

Esa silla, ya no tiene la parte terminal de la pata trasera del lado derecho, recuerdo que ella se rompió cuando la casa estaba habitada, una persona que brincaba y corría por los pasillos de este recinto hace ya varias décadas, esa misma que se rompió un diente al correr delante de su prima y cuyo hombro chocó contra un muro. Recuerdo las risas de los demás, y la silla cayó al suelo, la pata estaba astillada al igual que la pieza dental. ¡Esa silla era del abuelo! decía mi madre, muy enojada. Nadie puede repararla, y el abuelo ya no está. Posteriormente, siempre había un pedazo de ladrillo debajo de la misma, tratando de buscar un equilibrio para quienes se atrevían a postrarse sobre ella.

La silla lloraba o reía en algunas ocasiones cuando alguien decidía usarla, fue entonces cuando aprendió a hablar, todos parecíamos entender su lenguaje, pero ahora, faltan oídos para prestarle atención, por eso llora en las noches, por eso grita en las tardes, por eso su pata se ha astillado aún más, buscando gemir más fuerte ante cualquier toque por más simple que parezca. Cuando llegó el “Mono” a la casa, la silla tuvo un nuevo uso.

Él, tan pequeño, la eligió. Cuando entró a la sala, buscó un rincón, un lugar donde ocultarse, y nadie podía hacerlo salir por sus propios medios, tenían que sujetarlo, su pequeño plato donde la leche era vertida era colocado al frente de la misma, y el Mono corría a escondidas a beber rápidamente, era cuando más nos gustaba atraparlo. Recuerdo que creció grande, hasta el punto en que subía por las cosas guardadas en el patio hasta llegar a la barda de la vecina. Tuvo exceso de confianza, regresaba con comida siempre. Todos lo regañábamos en casa, pero él nos ignoraba y ante las reprendas, solo la silla era su refugio. Yo sabía por que se lo decía.

Esa mañana, salí al patio, el Mono solo dejó su cola gris y esponjada fuera de la sombra de la silla. Pensé en sacarle un susto, y se la apreté con mi pié suavemente sin afán de lastimarlo, pero él no se movió, me incliné entonces sobre mis rodillas y pude ver que no respiraba. Desesperadamente lo  jalé  fuera, y pude entonces abrazarle, estaba frío, pero sus ojos abiertos aún, me decían que lo despertara de ese sueño. Mis intentos fueron inútiles. Junto a él, una pequeña bolsa de plástico con un trozo de jamón. ¡Veneno! me dije a mi mismo. La vecina cumplió sus amenazas. Me senté con él en los brazos, sin pensarlo, sobre la silla. El crujir de su madera fue el más largo y doloroso que jamás hubiese lanzado. El Mono le había dotado a través de los años de pelo en su pata rota, como si quisiera vendar sus heridas. Ya nadie se ocultará debajo de la silla. Ésta enmudeció por mucho tiempo, era un luto total.

Podrías poner cualquier cosa en ella o sentarte dejándote caer, y sin embargo la silla no se quejaba. Perdió a un amigo, y siguió despellejando su pata enferma, hasta que la perdió por completo. Ahora la silla se recarga sobre un muro en mi recámara, solo ella sabe por cuanto tiempo, hablando sutilmente en las frías madrugadas.

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