JESÚS CAÑADAS – 21 GRAMOS

En el momento exacto de la muerte, el cuerpo de un ser humano pierde instantáneamente 21 gramos. Un dato sugerente, sin duda. Algunos han dado en llamar a esos 21 gramos, comillas y mayúsculas, por favor, El Peso Del Alma, cierra comillas. Gracias.
Una afirmación peliaguda, de hecho. Una afirmación que echa a rodar mi cabeza como la de un noble francés a finales del dieciocho. Un dato preciso, indiscutible, que sin embargo me da ganas de discutir. Me hace apagar el televisor, olvidarme de la publicidad y optar por la acción que siempre acarrea problemas: hacer preguntas.

Vamos a ver, ¿cuánto de esos 21 gramos corresponde al primer amor? ¿Se puede extrapolar el peso de la dignidad de un ser humano? ¿Sería posible a acotar el peso de sus decepciones? ¿A derivar su miedo a envejecer? ¿Nos atreveríamos, por favor, a calcular el peso de lo que empujó a Picasso a caer sobre Guernica y explotar? ¿Lo que recorría la nuca de Goya mientras pintaba aquelarres y romerías? ¿El sonido atrapado en el cuadro de un hombre que se limita a gritarnos la angustia de un siglo entero? ¿El olor a polvo de una biblioteca repleta de libros que no dicen nada porque lo dicen todo, contemplada por un argentino que no puede ver?

Y si lo hiciéramos, ¿redondearíamos por exceso o por defecto?

Cuando pienso en esos 21 gramos que tarde o temprano adelgazaremos tú y yo, me viene a la cabeza Marcel Duchamp. Piero Manzoni y su mierda de artista. Una marca de tomate que ya nadie recordaría de no ser por un colgado de pelo blanco y cara de codo arrugado. Un trillón de habitaciones de paredes blancas decoradas con lienzos apenas manchados. Bombillas halógenas iluminando el precio en la esquinita. Bolsos estampados con sueños de italiano renacentista.

Hay científicos que pesan el alma, y hay artistas que enlatan el arte.
Otros, en cambio, se rebelan ante la idea cuadrar el círculo, de trivializar del impulso creativo, de ponerle una etiqueta con número de serie a lo que le se introduce bajo sus párpados cada noche en cuanto se duerme. Son esos los que prefieren el arte exlatado, los hijos de esa fuerza (llámalo Dios, llámalo Phillip K. Dick) que crea supervillanos cada vez que una araña radiactiva muerde a un empollón en algún lugar del mundo.

Cuando pienso en la creatividad de un único ser humano, en que el arte que entra en una lata no es ni una fracción del arte que se puede extraer de esa misma lata vacía, siento un ligero vértigo que tiene mucho de enfadado y poco de postmoderno.
Creo que necesito un refresco.

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